Eso es lo que hay

Corrupción en Miami

César Romero en General con fecha 16/abril/2009 - 7 comentarios
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Imágenes de flamencos, que no flamenquitos ni flamenquines, playas soleadas, palmeras gigantescas, tías buenas en bikini, coches de lujo, jugadores de cesta punta, música trepidante. Sí, esa era mi serie, la que me volvía loco, loco, allá por los 80. Corrupción en Miami.

La verdá es que ésta era, sin lugar a dudas, una de mis series preferidas de esa década. Yo, púber adolescente, tan influenciable, quedé fascinado desde el principio de la emisión del primer capítulo. Me encantaba, flipaba con cada uno de los episodios. Disparos por aquí, acción a raudales, buenos y malos, lo tenía todo.

Y que personajes aparecían. El guapo y prota de la serie,  Sonny Crockett, policía miamero, que con su sueldecito de agente del orden se había comprao el tío, atención: un ferrari testarossa, la ostia de coche pa la época; un yate, donde vivía y se llevaba a las chatis pa haser el amó; y en el yate, no os lo perdáis, tenía el colega como mascota, no un perrito como todo el mundo, sino un caimán. Con dos cojones. Y no se os olvide tampoco, que la ropa que gastaba el menda, no se la compraba de imitación en los chinos, que va. El amigo Crockett no bajaba de Armani o Versace en su vestuario. Nivelazo. Además, era listo el joío. Acordaos que cuando iba de infiltrao, cambiaba sólo su apellido pero no su nombre, Sonny Burnett se hacía llamar. Yo creo que lo hacía pa no equivocarse si alguno de los malotes le llamaba por su nombre de pila. Él pensaría, si me pongo de nombre falso, Johnny, Charly o Ricky, cuando me llamen o me digan algo y no mire, se van a dar cuen y se va a liar parda. Mu fino, si señor.

Aparte de Sonny, también andaba por allí su compi de correrías, el morenito, Ricardo Tubbs. Éste era otro bueno, elegante, simpático, ligón como Crockett. Un tío con estilo, vaya. Se llevaba bien con todo el mundo, ahora, no le tocases muchos los cataplines que era de armas tomar. Cuando se enfadaba, repartía unas guantás que ni el M.A.. Por otro lao, pa mi que, aparte de graciosote y apañao, por esa sonrisita irónica que lucía, tenía que dar buenos premios. Seguro que cuando cortaban las escenas, era de los que soltaba a los compis "oye, os echáis luego unas beers, que he quedao con Enrique", a lo que contestarían "¿qué Enrique?", y Tubbs soltaría eso de "el que te la metió detrás del tabique". Fijo.

Siguiendo con el repaso de personajes, quien no se acuerda del Teniente Castillo, con su cara picada y tan serio siempre. Que le daban de desayunar a este hombre pa que no sonriera nunca. Era exagerao, porque, además, era una seriedad la suya de "uyy que me va a decir ahora". De hecho, cada vez que llamaba a alguno de sus subalternos al despacho, iban con una carita de acojonaos que pareciera que le hubieran puesto chinchetas en el sillón o se hubieran copiao en el examen de acceso a policía. Según fueron transcurriendo los capítulos de la serie, me enteré que esa cara de mala ostia no era producto de un mal de almorranas o algo parecido, sino que estaba siempre tan serio porque unos chicos mu malotes se habían cargao a su chica y eso, claro,  le cambia el carácter a cualquiera.

Bueno, y las chicas, Gina se llamaba una y la otra Rosie o algo así. Aunque tuvieran nombre de pilinguis, éstas eran dos profesionales de la policía de Miami, perfectas compañeras y amigas de Sonny, Ricardo y el Teniente Castillo. Estaban bien jaquetonas  pero no iban en plan vigilantes de la playa, ni en plan: ha llegado una chica nueva a la oficina, se llama Farala y es divina. Lo suyo era un macizo de andar por casa, pa entendernos mejor.

Aparte de otros personajes secundarios, el poli gordito y el flaquito que siempre iban sospechosamente juntos, el confidente de medio pelo y otros que no recuerdo, estaban los malos, los colombianos.

Vargas, Méndez, Ramírez, daba igual el apellido, mientras fuera latino, automáticamente ya sabías que ahí estaban los malos malotes. Que cruz, no se salvaba uno. Si eran colombianos no se podían dedicar a la repostería o a la apicultura, ni de coña. Por cojones, todos narcotraficantes. Ahí es cuando uno se preguntaba, si en Colombia en vez de escuelas de ingeniería o de arte dramático, lo que existían eran Masters de confección y diseño de papelinas o Graduados en Cocaína, anfetas y caballo.

En fin,  que visto lo visto, ya no se hacen series como las de antes, o no?.

Quiero ser un.......

César Romero en General con fecha 13/marzo/2009 - 4 comentarios
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El otro día, casualmente, me encontré leyendo un artículo de una revista de belleza y moda. No se porqué razón reparé en la lectura de la revistita en cuestión, si yo nunca leo estas cosas. Me sorprendí a mi mismo, la verdá. Pero lo que más me fascinó no fue eso, no. Acababa de descubrir mi vocación oculta,  mi auténtica seña de identidad, mi meta en la vida: ¡Quiero ser un ubersexual!.

 Pa situarnos, ¿que es un ubersexual?. Uber viene del alemán y significa en español cañí “sobre” y sexual, pues….. eso, sexual. O sea, que por un lado está sobre y por el otro sexual, es decir, sobresexual, por encima de lo sexuá. Qué, ¿cómo os habéis quedao?. Vaya descubrimiento, eh.

 Estamos ante el hombre, no ya del siglo XXI, que va. Estamos hablando del prototipo perfecto que toda chica actual y moderna quiere tener a su lado para que la comprenda, la mime en los momentos de incertidumbre, la asesore sobre que combina mejor, si la falda larga con jersey de cuello vuelto o el lila clarito con el azul cielo. Y todo esto, no os lo perdáis, sin perder un ápice de masculinidad.

El ubersexual auténtico ha superado por completo los parámetros de la metrosexualidad. Se cuida pero no se vuelve loco si llega tarde a su cita semanal con la estiticien (reviento si no cito esta palabra) para quitarse esos pelitos de osito de peluche que tan poco se llevan. Él prefiere cuidarse tanto física como espiritualmente. Es el cóctel perfecto.

 Igual se interesa por la última obra de teatro que han estrenado, que te pregunta, a ti “¿cómo estás preciosa?”. Y tú, aunque te lleven los demonios porque acaba de venirte la regla, interiorizas esa mala ostia que te entra siempre que estás mala y le contestas con una dulzura que ni Laura Pausini en sus momentos más románticos “un poco malita pero a tu lado se me quita todo”. Y esto, mentes maliciosas, no es cursilería ni ñoñería de telenovela vespertina. Esto es la superación del eterno conflicto hombre-mujer, la simbiosis perfecta.

El hombre ubersexual, además de todas estas atenciones, está preparado para responder con versatilidad y exquisita elegancia en los momentos de más intimidad. Si quieres ternura, él va a ser un molletito de Antequera. Si quieres fuerza y pasión de gavilanes, él va a hacer que te sientas como una diosa del amor. Si quieres aventura y riesgo, ahí lo vas a tener con su barbita de tres pa cuatro días, dispuesto a que subas de golpe y sin freno el Aconcagua. Y si lo que quieres es un castigador, también te va a entender. Será el más malote de la clase.

Se que tengo una gran reto ante mi. No sólo debo de aprender a ser un modelo de ubersexualidad. Mi misión no queda ahí, la responsabilidad va más allá. Debo de ilustrar a mis congéneres, tan proclives a lo liviano y lo superficial - bien lo sabéis vosotras-,  que el ubersexual ha nacido pa no irse. Así es, ya no hay vuelta atrás, el camino hacia el nirvana de la masculinidad acaba de iniciarse.      

P.D.: Esto…., colectivo femenino en general, si os ha conmovido esta simpática y reveladora nota, podéis comentármelo tanto en público como en privado, a vuestra elección lo dejo. Ya sabéis que siempre estoy dispuesto a escucharos. 

¿Cómo se llamaba?

César Romero en General con fecha 08/marzo/2009 - 9 comentarios
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No os pasado nunca que os encontráis a algún conocido por la calle y no os acordáis como se llama.

Yo creo que éste es un escenario muy común para la mayoría de los mortales, sean de los colores, culturas, religiones… que sean. Es que no conozco a nadie que no le haya pasado alguna vez. Vas tranquilamente por la calle y de repente aparece, así como de la nada, una cara conocida y sonriente. Y la cosa es que te suena su expresión facial pero no le acabas de poner nombre. Según como se propicie la situación puede resultar más o menos incómoda, por eso a continuación os voy a proponer, amiguitos y amiguitas, una serie de consejos que os serán muy útiles:

Primero hay que ponerse en situación, imaginemos un encuentro casual y callejero. Tú, vas hacia el norte y al sur vislumbras a la figura conocida, que no reconocida. Avanzas hacia el o ella y según te vas acercando, aprecias que vuestras miradas se cruzan pero no se entrelazan. Puedes en ese preciso momento resolver la papeleta de manera rápida y rotunda. Subes ligeramente la parte superior de tus cejas, le miras de forma fugaz y rematas con un contundente “einnnnn”. Esta expresión aunque pueda parecer un poquito simple y ruda es muy resultona porque a la vez que le estás saludando y no estás siendo descortés, le estás comunicando tu nula predisposición para una comunicación  que vaya más allá de un monosílabo.

Bien, si por el contrario, os encontráis en la misma situación (tu pal norte y el conocido desconocido pal sur) y antes de que de tus labios salga ese inapelable “einnnnn”,  el amigo sin nombre se adelanta y te para en seco con gestos de “que pasa tío, cuanto tiempo”, se complica  la cosa.

Tenemos ante nosotros una situación compleja pues ahora hay que pensar y hablar más allá del monosílabo. No hay que flaquear, uno debe de empezar la conversación con seguridad, como si pudieras recitar de carrerilla su árbol genealógico hasta la cuarta generación. Le dices, “¿que tal?, cuanto tiempo”.

Buen comienzo. No te has aventurado a iniciar la conversación en plan kamikaze con un nombre al azar, a ver si cuela.

Seguimos. Según la respuesta que te ofrezca el conocido sin nombre, podrás casi averiguar ipso facto, si estáis empatados o no a desconocimiento mutuo. Me explico, si te contesta con un “vamos tirando ¿y tú?”, casi podríamos afirmar que el susodicho está igual de desorientado que tú, y a su vez,  está pasándote la pelota pa que lleves la iniciativa y seas el primero en cagarla. Ante ese reto, ni puto caso, se le dice diplomáticamente “va bien la cosa” y te quedas callao como un zorro durante unos segundos, que parezcan minutos, u horas si me apuráis. Al capullín sin nombre, porque es que ya te está tocando los…, se le aflojará la vista ante tu pasividad de jugador profesional de ajedrez y si no decide seguirte el juego de miradas silenciosas, se retirará con un “bueno, hasta luego que tengo prisa”. ¡Ahí está el tío!. En ese momento te puedes sentir como si hubieras ganado Gran Hermano V y soltar pa tus adentros (lo puedes gritar si quieres también, en plan Titanic), “chúpate esa, mamona”.

Vale, hasta ahora todo bien, nos hemos enfrentados a las dos posibles situaciones conflictivas y hemos salío victoriosos,  pero y si el que va pal sur te para, así de imprevisto, a traición, te abraza, se atreve incluso a darte dos besos y culmina el ataque con un “!que alegría verte, cuanto hacía que no nos veíamos……”.

Si, los puntos suspensivos son tu nombre, y además no sólo lo ha pronunciado, es que te ha dado un abrazo que casi te parte en dos y se ha permitido incluso el lujo de besarte. Sólo le ha faltado decirte que se quiere casar contigo en la catedral con traje de rayas diplomáticas.

Y tú, mientras tanto, anonadado por la situación, en bragas que dice el pópulo, sin recursos porque es que no tienes ni puta idea de cómo se llama, a pesar de que te suena su cara un montón  pero eres incapaz de ponerle título, ¿que haces?.

Bueno, ante todo mucha calma, que los nervios no nos traicionen. Como decía antes, nada de suicidios públicos, no puedes quedar en evidencia, así que no te aventures por pura deducción estadística a llamarle Pepe, Antonio, Paco o cualquier otro nombre sin chicha ni limoná. No, ese no es el camino, yo os propongo un ejercicio mental que aunque os pueda parecer algo complicado y lento, puede salvaros el culo en esta complicada situación.

Como no sabéis su nombre y mucho menos el mote por el que le conocían en el colegio, vamos a continuar el efusivo inicio del casual encuentro, apelando al común denominador, al “!Quillo que pasa!”.

Este es un buen atajo pero no te resuelve el problema, ya que más temprano que tarde, el efusivo desconocido te va a poner contra las cuerdas y no vas a tener más remedio que llamarle de alguna manera más personal.

Comencemos, por tanto, con el ejercicio mental. Aspiramos fuerte y empezamos, como si estuviéramos en clase de lengua, a repasar el abecedario (todo este ejercicio, recordadlo, es mental, decirlo en voz alta sería vuestro finiquito social). Pa no liarnos comenzamos con la primera, la a, …. ¿nada?, pos a la b, “¿Bartolo?..., no,  a ver si el joío me va a dar un premio y todo”, seguimos con la c, “c de…, de cabrito, este lo que es un cabrito por tenerme aquí haciéndome pajas mentales con su nombre”. Y si no resolvemos antes el enigma, así hasta la última, la z de Zoroastro, que no es seguro su nombre pero como estás tan nervioso no te has acordao de otro nombrecito en ese momento.

Situación: la conversación sigue su curso normal, has dado una primera vuelta al abecedario sin ningún éxito, le has dicho tanto quillo que sólo te falta tatuárselo en la espalda, y pa colmo, debido a tu creciente nerviosismo, el sudor ha traspasado ya con creces tus sobaquillos y tienes debajo de los mismos, dos tortillas camperas recién salías de la sartén. Estás quedando en evidencia chavá y se acerca el final del trayecto. ¿Cómo te vas a despedir?, ¿vas a volver a llamarle por vigesimoquinta vez, quillo?.

Pues ante esta disyuntiva, queridos amiguitos y amiguitas, y para finalizar mi exposición, creo que sólo nos queda hacer una cosa: poner cara de besugo, mirar fijamente a nuestro conocido desconocido y soltarle un “hasta luegooooorrrrrllll”.

Sorpresas te da la vida

César Romero en General con fecha 05/marzo/2009 - 5 comentarios
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Atrincherado en tu cueva, esperando que las luces alumbren el escenario, la musiquilla suena, las masas aúllan tu nombre, “si, si, ahora salgo”.

Que pensabais que iba a empezar a escribir una novela o un relato corto, nos ha jodío el tío, si ahora se creerá Hemingway, con una notita que ha escrito. Pos no, lo que pasa es que estaba pensando en que iba a escribir a continuación, y vaya, me ha salío la frasecita, así, de buenas. A ver si la enlazo con lo que voy a contar.

No hace mucho, hará más o menos tres o cuatro meses, fui con dos amigas a un conciertillo en la Sala Q de Sevilla. La cosa, es que el día del concierto, miércoles o jueves creo, no acompañaba para grandes celebraciones ni partys, por lo que no me pensé mucho el plan que me proponían mis amigas.

 Llegamos sobre las 21,30- 22,00 horas al sitio, nos aproximamos a la barra y una simpática camarera nos preguntó “¿que tomáis?”,  y yo en mi papel de gracioso inoportuno le contesté “¿qué tenéis?”. Mirada de circunstancia, vaya no ha resultado muy gracioso, pensé,  “esto, quería decir, ¿que cerveza tenéis?”, “Heineken”, me contestó. Sólo cerveza verde, no mola, “¿no tenéis algo más?”, pausa de unos segundos, camarera pensativa,  “mira si, tenemos también esa”. “¿Esa?”, acerqué mi vista hasta donde me señaló la simpática camarera y vi algo que creía desterrado del siglo XXI, una imagen propia de una tierna y casi olvidada adolescencia. ¡¡Si!!, ahí estaba ante mí, como si el tiempo se hubiese detenido en ese preciso instante, como si Mecano se hubiera vuelto a reunir para darnos el coñazo otra vez con el Dalai Lama. Señores y señoras, leidis and yentelmans, niños y niñas. Pareciera el principio de una función de circo, pero es que el momento merecía por lo menos tres redobles de tambor y  cinco o seis toques de corneta, porque ante mis ojos aparecía como una revelación divina: UN BOTELLÍN DE SHANDY CRUZCAMPO.

La  auténtica y genuina cerveza alimonada con pocos graditos de alcohol pa consumo feliz y despreocupado de los preadolescentes postochenteros, estaba ahí, en ese momento y en ese lugar. Esa mezcla original de refresco y cerveza que consumió minutos y minutos de anuncios en aquella tele donde no se podía hacer zapping, me gritaba: bébeme tonto. No me podía resistir, por lo que después de este deja vu de andar por casa, volví a dirigirme a la simpática camarera y le dije impasible “esa es la que quiero”.  

Mis amigas, entretanto, algo despistadas o desorientadas,  no apreciaron o no supieron reconocer la grandeza del momento. Y es que a ellas, les parecía algo así como una frikada que me hubiese decantado por la inimitable Shandy en vez de escoger la moerna y actualísima cerveza verde. “Eso te vas a beber quillo, pero si es como si le echaras fanta de limón a la cerveza”.  “Ya, ya”, les dije, “no lo sabéis bien, pero beberse ahora una Shandy es como si volvieras a ver Regreso al Futuro II, a las  cinco de la tarde, en la tele del vídeo comunitario”. Era, sin lugar a dudas, una oportunidad única para reencontrarme con uno de los mitos que marcaron mi juventud, ¿como no se podía entender eso?.

Pasando de lo que me decían mis dos amigas, fui poco a poco acercando la insinuante curvatura de la Shandy hacia mis labios. Y así, según se iba aproximando cada vez más el feliz reencuentro, los pensamientos se agolpaban con más fuerza en mi cabeza: “¿Que saborcillo tendrá?, ¿más limón que cerveza o más cervecita que limón?, ¿y te pondrá contentillo?, con eso que es medio refresco, quien sabe, uy que nervios”. Primer sorbo, respiración honda, miradas expectantes, emoción contenida a punto de ebullición…, que será, será… . Posssss, una guarrerida mu, mu gorda y mu malísima el líquido elemento éste. Parecía que estuviera tomando algo nacido de una relación adúltera entre un trinaranjus y una cerveza a 47 céntimos la lata, del Mercadona.

Pero como se puede hacer una mezcla tan horrorosa de bebidas, como se puede destrozar en un pispas los mitos que tiene uno atesorado en sus más adentros. Que desconsuelo, menos mal que esa misma noche pude, casi al instante, hacer las paces con mis recuerdos de juventud. Volví a escuchar el “son, 80 días son,  80 nada más, tarirarirarirarira…” , y con cantante travestido de Willy Fogg y todo, casi ná.

P.D.: Al final, tiene muy poco que ver el principio de la nota con el resto de la narración, pero es que me quedaba tan bien.

Empezando

César Romero en General con fecha 02/marzo/2009 - 10 comentarios

Después de mucha insistencia por parte de mis fans más incondicionales, de pensar en que contar si es que tengo algo que contar, de que inventar para no aburrir y no aburrirme yo mismo, de corregir y poner comas y tildes donde antes no había nada, empezando.

El otro día, andaba de celebraciones con varios compis del trabajo, y entre copa y copa, surgió una conversación de no se que tema, intrascendente seguro, pero que desembocó en un recuerdo, o mejor dicho, en una palabra que ya creía olvidada: Lambada.

Joder, la lambada pensé, ese bailecillo calentorro y latino, brasileiro pa más señas, que se puso de moda allá por principios de los 90. No eras nadie si no sabías bailar la lambada, era algo así como no saber montar en bici, había que saber. Así que yo no iba a ser menos, me propuse también bailar la lambada, o al menos, a intentarlo.

Lo mío no fueron ejercicios de baile de salón, no. Para esas mariconadas estaba yo con la personalidad y la reputación en juego, que va. Lo mío era intuición natural.

Así era. Me situaba cual ave rapaz en la pista, en una zona no mu lejana a la barra no fuera a perder el equilibrio, y empezaba a otear el horizonte, buscando gacelillas dispersas en medio de la sabana. Y ahí que el naninanini ninaninaninaninaaaaa se entonaba en la disco, el delirio, la melodía del amor, el frenesí, sabías que era el momento de actuar. Me acercaba sinuosamente hacia la presa, véase chavalilla,  y le indicaba con el vaivén de mis movimientos, que si, claro que si, pues no voy a saber bailar yo esto, si es como las bicis, hombre.

 Como lo mío era pura intuición, comenzaba la entrada triunfal con un sugerente e irresistible "hola, quieres bailar". ¡Ole el tío!, ni como te llamas, ni te he visto antes por aquí, o mejor “te conozco de Matalascañas, creo”, al grano, ¿quieres bailar lambada nena?. Y ante esas envolventes palabras, la chica, como es de suponer, tenía sólo dos opciones, si o si, no había sitio para el no (hay un poquito de ficción en esta última frase pero es que me queda mejor así;).

Ahí es cuando sentía la explosión del ritmo, manos a la cintura, mirada de cowboy recién salido de un anuncio de Marlboro, pequeña aproximación, que uno estaba caliente pero no pertenecía todavía a la especie de los moluscos gasterópodos sin concha, y a contonearse como si fuera salsa pero con l de lambada. Pasito pa´lante, pasito pa´trás, pierna que se entremete, brazos pa un lao, brazos pa otro, pisotón que te doy, “uy perdona, esto no estaba en el guión”, tropiezo con el de atrás, “no pasa nada, yo también bailo al natural como tu”, vuelta y otra vuelta más, “donde esta la gacelilla que me he perdío, ah allí, pensaba que te habías ido joía”.

Y después de 4 o 5 minutos interminables de naninaninanina,  cuando te has dado cuenta definitivamente que lo tuyo nunca será la lambada ni nada que se le parezca, que prefieres pasar al final de la cola y coger número antes que volver a pasar por el filtro del bailecito de moda pa comerte algo. Cuando ya estás convencido de todo esto y de lo mal que queda la gomina en el pelo acompañado de una camisa de florecillas silvestres, sin tiempo a reaccionar, suena "I got the power". Ostia, los Technotronic, si que la hemos jodido, a ver quien no baila esto ahora.

 P.D.: Menos mal que el regatton me ha cogío un poco viejuno, que sino también.

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